jueves, 22 de agosto de 2013

NÖRDLINGEN


Unos ciento treinta kilómetros al noroeste de Munich se encuentra una pintoresca ciudad cuyo origen se remonta a fines del siglo IX. La antigua muralla se conserva todavía intacta, siendo posible recorrer todo el perímetro de la ciudad antigua, y desde los imponentes 90 metros de la torre de la iglesia de San Jorge se goza de una vista en 360° de la comarca circundante. Sin embargo, otra circunstancia hace que esta adormilada ciudad en el corazón de Baviera goce de una fama desproporcionada a sus dimensiones. En un grupo de suaves colinas situadas unos cuatro kilómetros al sur de sus murallas se libró en 1634 la batalla quizás más decisiva de la Guerra de los Treinta Años: Nördlingen.

En el verano de 1634, la Guerra de los Treinta Años bullía en forma incontenible, pese a que para entonces la mayoría de sus protagonistas iniciales habían desaparecido de escena: Tilly había sido mortalmente herido en Rain am Lech en 1632, pocos meses después le había seguido en Lützen su rival Gustavo Adolfo de Suecia y en febrero de 1634 Wallenstein había sido asesinado por orden del emperador Fernando II.
El comando del ejército imperial había recaído sobre el príncipe heredero Fernando, rey de Hungría: debido a su juventud (veintiséis años) le fue asignado como lugarteniente el experimentado mariscal Matthias Gallas. Sus rivales eran Gustav Horn y el duque Bernhard de Sajonia-Weimar, que comandaban las tropas suecas y el contingente alemán protestante integrante de la llamada “Liga de Heilbronn”.
En mayo el ejército imperial se movilizó contra Regensburg, de acuerdo con lo concertado con Maximiliano, príncipe elector de Baviera. Durante el sitio de esta ciudad, tropas de la Liga de Heilbronn capturaron e incendiaron Landshut. Cuatro días después, el 26 de julio, Regensburg capitulaba, y las tropas católicas marcharon aguas arriba del Danubio: tras un breve sitio tomaron Donauwörth el 16 de agosto.
La situación se tornó alarmante para los protestantes: era obvio que el próximo objetivo de las tropas imperiales sería la vecina Nördlingen. La importancia de esta ciudad era enorme, ya que se trataba de la última plaza fuerte de los suecos en el sur de Alemania. Además, tras la caída de Regensburg y Donauwörth la pérdida de esta ciudad libre, “la puerta al Württemberg protestante”, constituiría un golpe psicológico terrible. Debido a ello, se decidió defender Nördlingen por todos los medios.
El 18 de agosto el ejército de Fernando alcanzó las murallas de la ciudad e intimó la rendición. El ultimatum fue rechazado por la milicia ciudadana, que había sido reforzada por 500 mosqueteros suecos. Comenzaba así el sitio de Nördlingen.

El ejército sueco se hallaba mientras tanto acantonado al sur de Bopfingen, y habían surgido serias divergencias entre sus jefes: mientras Bernhard de Weimar abogaba por un avance inmediato contra las fuerzas sitiadoras, Horn sostenía que era necesario esperar los refuerzos del conde Otto Ludwig. Finalmente prevaleció el punto de vista de Horn, lo que tendría consecuencias trascendentales.
Para ese entonces la situación en Nördlingen se había hecho desesperada: a la hambruna y las enfermedades se añadía la escasez de agua, dado que los sitiadores habían desviado de su curso del río Eger. El 24 de agosto Horn logró introducir otros 250 mosqueteros en la ciudad, pero se trataba obviamente de un ayuda más simbólica que real: cada día los defensores de Nördlingen clavaban ansiosamente sus ojos en el horizonte aguardando divisar las tropas de auxilio.

No era Horn el único a la espera de refuerzos. El 2 de septiembre, mientras sus tropas proseguían con el sitio, Fernando cabalgó hacia el sur al encuentro de una ayuda tan esperada como decisiva: 15.000 veteranos españoles comandados por su primo y cuñado, el Cardenal Infante Fernando. Los dos Habsburgo se abrazaron efusivamente, en un momento inmortalizado por Rubens.
A pesar de su juventud (veinticinco años) era el Cardenal Infante un líder nato, y hay algo en su estampa y en su breve existencia que nos recuerda a su ilustre antecesor Don Juan de Austria. Destinado a la carrera eclesiástica, el error de tal medida era evidente: se trataba de una personalidad optimista y enérgica con vocación guerrera, antítesis del carácter pasivo y débil de su hermano, el rey Felipe IV. Su lugarteniente era el Marqués de Leganés, militar discreto y leal: una sincera amistad los unía al Conde Duque de Olivares, el poderoso valido que ejercía de facto el gobierno del imperio español.
La presencia de un ejército español de tales dimensiones en suelo alemán tenía su razón de ser en los avatares estratégicos. Originariamente, la principal vía terrestre entre la península ibérica y los Países Bajos era el famoso “Camino de los Españoles”, que partiendo desde Génova atravesaba el Milanesado, Saboya, el Franco-Condado, Lorena y Luxemburgo. Sin embargo, el Tratado de Lyon de 1601 había hecho dicha ruta impracticable de existir hostilidad por parte de Francia, lo cual era el caso. Ello forzaba a los españoles a buscar vías alternativas: una había surgido con la ocupación de Renania-Palatinado por parte del Ejército de Flandes en 1620, pero la conquista de Mainz en 1631 por los suecos había interrumpido el tráfico por el Rin.
Cuando el Cardenal Infante fue designado regente de los Países Bajos españoles, su traslado a la región planteó un difícil problema. Finalmente, se elaboró el siguiente plan: después de abandonar el Milanesado, la expedición española cruzaría los cantones católicos suizos y proseguiría su camino por Tirol y Baviera, posesiones de los Habsburgo de Viena y de su aliado el príncipe elector Maximiliano. Al unir sus fuerzas a las imperiales se alcanzaban así dos objetivos: reforzar a la Liga Católica en su lucha contra Suecia y abrir un corredor a través de territorio enemigo rumbo a Bruselas.

Dos días después de arribar los españoles participaron junto con los imperiales de una asalto general a las murallas de Nördlingen. Si bien el ataque pudo ser rechazado con graves pérdidas, era evidente que otro asalto similar terminaría con la conquista de la ciudad. Esa noche se encendieron por tercera banderas impregnadas de pez desde “Daniel”, la torre de la iglesia de San Jorge: era la señal convenida de emergencia. Esta vez, los suecos divisaron el desesperado mensaje: seis cañonazos confirmaron a los defensores de Nördlingen que su mensaje había sido recibido.
La batalla era inminente, y ambos contendientes se prepararon para lo peor. Horn y Bernhard disponían de unos 25.000 combatientes, todos ellos suecos a excepción de 5.000 milicianos alemanes. Los dos Fernandos contaban a su favor con una sensible superioridad numérica: 33.000 soldados entre imperiales y españoles.
Se produciría así el gran choque entre los dos ejércitos más renombrados de su tiempo. Por un lado se hallaban las huestes suecas, cuya irrupción en el conflicto cuatro años antes, acompañada de una serie de innovaciones tácticas y técnicas, había constituído una  sensación; por otro lado, durante la invasión de Baviera habían adquirido una siniestra reputación, dejando a su paso un reguero de atrocidades espeluznantes.
Frente a ellos se erigían los tercios españoles cuyos integrantes, frugales, hoscos y tenaces, podían jactarse desde hacía más de un siglo de ser la mejor infantería del mundo. Su probado arrojo en combate (y otros hechos bastante menos gloriosos, como el terrible saqueo de Amberes en 1576 a manos de tropas amotinadas) habían dado luz a una expresión que se difundió por toda Europa y que aún subsiste en nuestros días: la furia española.

Matthäus Merian, "Representación de la batalla de Nördlingen el 6 de septiembre de 1634" (grabado en cobre incluído en "Theatrum Europaeum", 1670) 

En la mañana del 5 de septiembre una patrulla de croatas, la temida caballería ligera imperial, trajo una sorprendente noticia: los suecos habían abandonado Bopfingen y se retiraban rumbo al sur. Tal inesperada medida produjo confusión entre los mandos hispano-imperiales: ¿se debía interrumpir el sitio y emprender la persecución del ejército sueco? Pronto una nueva sorpresa hizo estéril tal discusión: en Dehlingen el enemigo había girado a la izquierda, y su vanguardia se encontraba ya frente al Lachberg, primer cerro de una cadena de tres con orientación noroeste-sudeste situada a un tiro de cañón de Nördlingen (las dos elevaciones restantes eran el Hesselberg y el Albuch). La maniobra de engaño sueca había surtido efecto.
Una impetuosa carga de caballería bajo el mando de Bernhard de Weimar desalojó a las avanzadas imperiales del Lachberg y las hizo retirarse hasta el pueblo de Herkheim. Recién allí su jefe, Ottavio Piccolomini, pudo reestablecer el orden y organizar la resistencia con el apoyo de Gallas: Weimar tuvo que retroceder al Lachberg. Este combate de caballería produjo numerosas bajas entre los imperiales, contándose entre los caídos el Gran Maestre de la Orden de Malta, varios coroneles y numerosos soldados.
Inmediatamente Weimar avanzó contra el Heselberg. Sin embargo, debió enfrentar la encarnizada resistencia de un destacamento de mosqueteros españoles que se habían hecho fuertes en la zona boscosa del cerro. El combate se prolongó hasta la medianoche, y recién con la llegada de Horn se pudo tomar la posición. Sin embargo, lo empecinado de la defensa había retardado el plan sueco, haciendo impracticable la captura del Albuch: se decidió posponer el ataque para el día siguiente, a fin de proporcionar descanso a los exhaustos soldados.
Tal decisión tendría enormes consecuencias. Reconociendo la importancia de dicha posición, que constituía su extremo izquierdo, los hispano-imperiales se abocaron frenéticamente a fortificar el Albuch mediante la construcción de tres reductos de forma pentagonal, confiándose su defensa a los regimientos alemanes de los condes de Salm y Würmser, el tercio español de Idiaquez y el tercio napolitano de Toralto, sumando 5.000 infantes bajo el mando de Cervellón. En la segunda línea fueron apostados dos regimientos de infantería imperial y siete tercios hispanos, más diversas unidades de caballería.
Por su parte, el plan protestante preveía que el ala derecha, comandada por Horn, atacaría el Albuch mientras que Weimar se limitaría a mantenerse a la defensiva en la línea de colinas para pasar al ataque recién después de tomado el Albuch o, en caso de que la suerte no fuera propicia, cubrir la retirada de Horn.

La batalla comenzó al amanecer del 6 de septiembre con un ataque de la caballería sueca. Malinterpretando una señal, el regimiento escolta de Horn comandado por von Witzleben se lanzó a la carga, intentando flanquear el Albuch. Le salió al encuentro la caballería napolitana, que en una brillante acción batió y arrojó a la caballería sueca del campo de batalla: Witzleben debió retroceder a la aldea de Hürnheim para reorganizar a sus jinetes, lo que privó a Horn de su caballería en un momento crucial de la batalla.
Mientras tanto, dos brigadas de infantería sueca atacaban uno de los reductos, logrando desalojar a los regimientos alemanes de Salm y Würmser. Sin embargo, al irrumpir en la posición las unidades suecas se desordenaron, lo cual se vio agravado por la explosión de un carro cargado de pólvora en el sector de Idiaquez. Lo que podría haber sido un golpe terrible para los hispanos se reveló una ayuda providencial: al grito de “el cerro está minado” los suecos huyeron presurosamente, abandonando su flamante conquista mientras eran perseguidos por la caballería imperial. En un vigoroso contraataque los infantes españoles volvieron a ocupar el reducto, jurándose no retroceder.
Muy pronto su juramento sería puesto duramente a prueba. Una y otra vez las oleadas de infantes suecos se abalanzaron sobre las trincheras enemigas, hasta sumar quince ataques. Hubo derroche de arrojo y tenacidad por ambos lados: los suecos parecían dispuestos a tomar el cerro a cualquier precio, mientras que los españoles, que recibían oportunamente refuerzos de la retaguardia, se aferraban encarnizadamente a sus posiciones, decididos a no retroceder un palmo.
Quien haya visitado el campo de batalla puede imaginarse el dantesco espectáculo que tuvo como protagonistas a casi sesenta mil soldados de todos los rincones de Europa. El impasible y lúgubre batir de centenares de tambores, las órdenes de los oficiales y los gritos de los heridos, el permanente crepitar del fuego de mosquetería y el ominoso tronar de la artillería; el acre olor de la batalla, mezcla de sudor, pólvora y sangre; la visión de las líneas de piqueros de morrión y coselete, enarbolando tras el foso y la hilera de “jinetes españoles“ un auténtico bosque de lanzas, y a su lado mosqueteros de ancho sombrero de fieltro recargando frenéticamente sus armas y disparando a bocajarro sobre el enemigo que surgía de la falda del Albuch.
De la sangrienta lucha eran testigos los dos Fernandos, que montados a caballo emitían sus órdenes algunos centenares de metros atrás del frente: el hecho que un desdichado coronel que se hallaba entre los dos fuera decapitado por una bala de cañón revela que dicha posición distaba de ser segura.
Con el pasar de las horas los ataques suecos fueron perdiendo ímpetu: el Albuch estaba literalmente cubierto de cadáveres, y los exhaustos infantes apenas tenían fuerzas para remontar la pendiente que llevaba a las mortíferas trincheras enemigas. Por su parte, la caballería del Cardenal Infante no permanecía ociosa: jinetes napolitanos, borgoñones y lombardos hostilizaban permanentemente el flanco del enemigo, y una impetuosa carga de lanceros encabezada por el Duque de Lorena contribuyó a empeorar aún más la situación de los suecos.
Mientras tanto, las tropas de Weimar permanecían mayormente inactivas, con excepción de un ataque de caballería que, tras lograr hacer retroceder a los jinetes de Lorena y de Jan van Werth, fue rechazado con la ayuda de mosqueteros imperiales y españoles.
A mediodía Horn, consciente de lo estéril de sus esfuerzos, decidió emprender la retirada. Sus tropas recién habían alcanzado en forma ordenada el pueblo de Ederheim cuando el desastre se abatió sobre los suecos: como un solo hombre las tropas imperiales que habían quedado a la espera se lanzaron al ataque. La poderosa presión del flanco derecho católico deshizo las formaciones de Weimar, cuya caballería se precipitó sobre los castigados infantes de Horn, provocando el caos y pánico general. Cuando los tercios hispanos abandonaron sus posiciones en el Albuch y se unieron al ataque al grito de ¡Santiago!¡Cierra España!, la suerte de los protestantes quedó sellada: en completa desbandada, sus miembros fueron perseguidos y sableados en forma inmisericorde por los croatas y los caballos coraza de Jan van Werth.
La victoria católica había sido aplastante: 12.000 enemigos yacían sobre el campo de batalla (incluída la totalidad de los milicianos de Württemberg) y otros 4.000 fueron tomados prisioneros, entre ellos el mismo Horn. Más de 300 banderas, 80 cañones  y 1.000 carros con la totalidad del bagaje sueco formaron parte del botín de los vencedores. Al día siguiente Nördlingen se rendía: la Liga de Heilbronn había dejado de existir y los suecos se vieron obligados a evacuar todas sus guarniciones al sur del Main. Quizás no exageraba el Conde Duque de Olivares cuando calificaba exultante a esta batalla de “la más grande victoria de nuestro tiempo”.
En mayo de 1635 se firmó la paz de Praga, que ponía fin a las hostilidades entre el emperador y los príncipes protestantes. La contienda parecía haber llegado a su fin, pero muy pronto la población de Alemania tuvo un amargo desengaño: alarmado ante la hegemonía de los Habsburgo, el cardenal Richelieu lanzó a Francia a la guerra en apoyo de la protestante Suecia. La matanza continuaría durante trece años más, con su secuela de desolación y sufrimiento, y recién la paz de Westfalia en 1648 pondría fin al conflicto.

Nördlingen es, pese a su importancia, una de las batallas más descuidadas por la historiografía militar. Mientras que Breitenfeld (1631) es permanentemente citada como ejemplo de la superioridad de la formación táctica “protestante” sobre la “católica”, los análisis de Nördlingen son escasísimos.
Irónicamente, quizás el motivo para tal actitud es que Nördlingen constituye una incómoda evidencia que socava el mito de la “invencibilidad sueca”. Sin ninguna duda, la creación por parte de Gustavo Adolfo de Suecia (inspirado por la reforma de Mauricio de Nassau) de unidades más reducidas y móviles que el tercio y la introducción de mejoras técnicas (básicamente eliminación de peso, como el nuevo mosquete prescindente del soporte de horquilla y cañones más ligeros, precursores de la artillería de campaña) significaron una verdadera revolución militar: pero una revolución no garantiza necesariamente el éxito. Nördlingen demostró que incluso las móviles formaciones suecas podían fracasar frente a un enemigo tenaz; por otra parte, si bien el tercio carecía de similar agilidad, su maciza estructura hacía su avance sencillamente arrollador.
Otro punto confiere interés a Nördlingen, y es que se trata de uno de los escasos ejemplos de cooperación militar eficaz entre las ramas española y austríaca de los Habsburgo tras la muerte de Carlos V. La victoria aseguró a ambos aliados la consecución de sus objetivos: para Austria, la reconquista del sur de Alemania; para España, la apertura de una ruta en dirección a los Países Bajos.
Finalmente, Nördlingen constituye la última gran victoria de los tercios españoles: apenas nueve años después el sol se pondría definitivamente para la otrora imbatible infantería española en Rocroi. Razón de más para valorar en su justa medida un hecho de armas que cierra un proceso de ciento treinta años que incluye páginas memorables como Garellano, Otumba, Pavía y Lepanto.


Mario Díaz Gavier