martes, 31 de octubre de 2017

LA REFORMA


Una de las imágenes más populares de la Historia es aquella que presenta al monje augustino Martin Luther clavando en la puerta de la Schloßkirche (Iglesia del Castillo) de Wittenberg sus 95 tesis contra la venta de indulgencias. Si bien (como veremos más adelante) es improbable que dicho incidente haya tenido realmente lugar, resulta innegable que la redacción y difusión del citado documento marcaría el comienzo de una conmoción de enormes consecuencias en la Europa del siglo XVI: el Cisma de Occidente.

En los albores de la Edad Moderna, la Iglesia semejaba (en las palabras del historiador católico Erwin Iserloh) “una propiedad del clero, destinada a producir beneficios económicos y placer”. Personajes como Alejandro VI habían desprestigiado fatalmente la figura papal, y la vida del alto clero se caracterizaba por el predominio de lo mundano por sobre lo religioso. Los monasterios y conventos estaban atiborrados de personas carentes de vocación y que se hallaban allí por mera conveniencia o incluso contra su voluntad, mientras que el concubinato de los párrocos estaba tan extendido en las zonas rurales que ya era considerado obvio por los feligreses. Tal como lo afirmaría posteriormente el Papa Adriano VI: “El vicio se ha convertido en algo tan sobreentendido que los manchados por el mismo ya no notan más el hedor del pecado”. A ello se sumaba el resentimiento de gran parte del campesinado contra la Iglesia, considerada parte del aborrecido régimen feudal y que en varias regiones presentaba un clero sobreabundante y ocioso. Así, la situación había devenido en un suelo fértil para toda clase de elementos subversivos, tanto críticos deseosos de enmendar tal situación como oportunistas ansiosos por obtener ganacia del río revuelto.

En 1505 el Papa Julio II (apodado Il Terrible por su enérgico temperamento) había iniciado la construcción de la Basílica de San Pedro y prometido indulgencia plena a quienes colaboraran con la financiación del titánico emprendimiento, medida que sería renovada por su sucesor León X. Si bien la indulgencia teóricamente no implicaba el perdón del pecado (lo cual estaba reservado al sacramento de la confesión) sino que eximía al pecador de las penas temporales consecuencia del mismo, ciertamente su venta constituía un escandaloso comercio que había sido satirizado ya en 1482 por unos versos denunciados en la Sorbona:

Wenn das Geld im Kasten klingt,
Die Seele aus dem Fegfeuer springt

[Cuando el dinero tintinea en la caja 
el alma salta del Purgatorio]

Debe señalarse que semejante actividad sólo era posible con la complicidad de los gobernantes locales: por ejemplo, en 1508 el rey Segismundo I se opuso a la venta de indulgencias en Polonia… cambiado súbitamente de parecer cuando Julio II se comprometió a cederle dos tercios de la recaudación como aporte a la defensa del reino.
En Alemania la venta de indulgencias tuvo como protagonista a Alberto de Brandenburg, arzobispo de Magdeburg y Maguncia (y como tal uno de los tres príncipes electores eclesiásticos) y administrador del vacante obispado de Halberstadt. El prelado había conseguido tal acumulación de cargos gracias a maniobras simoníacas, para lo cual contrajo una enorme deuda de 29.000 florines renanos con los Fugger: poco puede sorprender entonces que adhiriera con entusiasmo a la venta de indulgencias, acordando con León X organizar la prédica de la misma en sus diócesis por ocho años y repartir por partes iguales el producto de la recaudación. Dicha venta de indulgencias sería regulada por una Instructio summaria que, a fin de obtener una mayor recaudación, prácticamente incitaba a los predicadores a exaltar a viva voz la calidad su “mercadería” a manera de un vendedor de feria.

Alberto de Brandenburg (1490-1545). Hijo menor del príncipe elector Juan Cicero de Brandenburg, su meteórica carrera simboliza como pocas el tráfico de influencias imperante en la Iglesia a principios del siglo XVI: a los 23 años era ya arzobispo de Magdeburg, al año siguiente sumaba la archidiócesis de Maguncia y a los 28 años obtendría el capelo cardenalicio. Si bien Alberto era, al igual que León X, un apasionado del humanismo y las artes (sería un destacado mecenas de Lucas Cranach el Viejo y Mathias Grünewald), su frivolidad y falta de escrúpulos resultarían catastróficas para el catolicismo: tanto la campaña de venta de indulgencias iniciada a principios de 1517 como su escandalosa vida privada (citemos solamente a sus sucesivas concubinas, Elisabeth Schütz y Agnes Pless) tuvieron no poca influencia en el estallido de la Reforma.

 

Sería precisamente la actividad del dominico Johann Tetzel, subcomisario de indulgencias en Magdeburg, lo que provocaría la reacción de Lutero. El duque Jorge de Sajonia no permitía la prédica de la indulgencia en Leipzig, por lo que Tetzel comenzó en marzo de 1517 su actividad en la región de Halle y al mes siguiente se hallaba en Jüterbog (unos 33 km al noreste de Wittenberg). Como el príncipe elector Federico el Sabio había igualmente prohibido tal prédica en su dominios, muchos feligreses de Wittenberg y alrededores comenzaron a peregrinar en masa hacia Jüterbog a fin de adquirir indulgencias. Originariamente la indignación de Lutero se limitaba al desvergonzado pregón de Tetzel, pero al tomar conocimiento de la Instructio summaria el monje augustino se dio cuenta de que la principal responsabilidad recaía en las autoridades eclesiásticas. (No parece improcedente señalar que, más allá de su incurable charlatanería, Tetzel parece haber sido un monje de buena conducta que se limitaba a cumplir órdenes de sus superiores: a pesar de ello, posteriormente devendría -incluso entre los católicos- en un chivo expiatorio ideal, muriendo enfermo y amargado en agosto de 1519).

En consecuencia, el 31 de octubre de 1517 Lutero redactó una carta destinada al obispo de Brandenburg, y al arzobispo de Magdeburg y Maguncia. En esta epístola el monje augustino solicitaba en tono respetuoso y mesurado el reemplazo de la Instructio summaria por otras directivas, más correctas, destinadas a los predicadores: dicha misiva acompañaba una serie de 95 tesis fundamentando su posición.

¿Cómo surge entonces la patética versión que presenta a Lutero clavando su manifiesto en la puerta norte de la Schloßkirche?

Al parecer, tal anécdota es lisa y llanamente una invención de Philipp Melanchthon, amigo y sucesor de Lutero. En 1546, casi treinta años después del surgimiento de las 95 tesis, Melanchthon incluyó en su prólogo al segundo volumen de las obras completas del padre de la Reforma la siguiente afirmación: “Éstas [las 95 tesis] fueron públicamente clavadas por él [Lutero] en la iglesia cerca del castillo de Wittenberg en la víspera de la fiesta de Todos los Santos de 1517”. Se desconoce qué llevó a Melanchthon a emitir tal aventurada afirmación, pues no pudo ser testigo de tal hecho (recién había arribado a Wittenberg en agosto de 1518) mientras que en posteriores alusiones al origen de las 95 tesis Lutero jamás había mencionado un incidente similar: pero dado que este último ya había muerto en febrero de 1546, nadie parece haber querido o podido desmentir tal inexactitud, que ha sobrevivido hasta nuestros días…

Parece evidente que Lutero jamás sospechó la resonancia que tendría en Alemania y el resto de Europa lo que aspiraba a ser un mero pedido a sus superiores de corregir un defecto en la diócesis. El hecho de que la difusión de las 95 tesis tuviera lugar recién al constatar la falta de reacción de sus superiores (cuya desidia al no satisfacer tal legítimo pedido no precisa mayor comentario) parece confirmar la ausencia de voluntad de ruptura con la Iglesia, con lo cual Lutero habría devenido en reformador de manera involuntaria...

 
Martín Lutero (1483-1546) según el conocido retrato de Lucas Cranach el Viejo. Nacido en el seno de un hogar humilde, su infancia estuvo marcada por los brutales castigos corporales de padres y maestros. En 1501 inició estudios en la universidad de Erfurt, originariamente con el objetivo de convertirse en jurista, pero finalmente tomaría los hábitos en la orden agustina cumpliendo con un voto efectuado a Santa Ana al ser sorprendido por una violenta tormenta en las cercanía de Stotterheim. Ordenado sacerdote en 1507, durante los años que precedieron a las 95 tesis su carrera se desarrollaría sin mayores incidentes en Wittenberg, exceptuando un viaje a Roma en 1510/1511. De carácter impulsivo, su formación intelectual contrastaba con una llamativa afición por lo vulgar: en efecto, el Reformador no vacilaba en mechar sus sermones con frases tales como “de un culo feliz sale un pedo alegre”…


Citado por el Papa a Roma a fin de responder a la acusación de herejía, Lutero se rehusó prudentemente (sin duda recordando la violación del salvoconducto acordado a Jan Hus un siglo atrás en ocasión del Concilio de Constanza), accediendo en cambio presentarse a la dieta imperial de Augsburgo en 1518 y declarar ante el cardenal Tommaso De Vio. Si bien el monje augustino se negó a retractarse, durante los siguientes meses ello no le acarrearía consecuencia alguna: Leo X, inquieto por la posibilidad de que Carlos I de España fuera coronado Emperador (como efectivamente ocurrió), negoció a través del nuncio Karl von Miltitz (un joven noble sajón cuya inexperiencia e indiscreción lo hacían totalmente inadecuado para tan crítica misión) una pausa en el proceso a cambio del silencio de Lutero.

Tras elección de Carlos V el Papado reanudó el proceso contra Lutero. Ello coincidió con el llamado “Debate de Leipzig”, que tuvo lugar en junio y julio de 1519 entre Lutero y su colaborador Andreas Karlstadt por un lado y el teólogo Johannes Eck por el otro. El debate fue considerado por la mayoría de los asistentes un triunfo de Eck, cuya brillante retórica era bien conocida: Karlstadt sufrió una derrota aplastante y el mismo Lutero salió apenas mejor parado, ya que su hábil contendiente logró aguijonearlo hasta lograr que el impulsivo Lutero elogiara aspectos de la herejía husita y pusiera en duda la infabilidad del Concilio de Constanza. A raíz de la exitosa actuación de Eck el duque Jorge de Sajonia, que hasta entonces había mirado con simpatía el movimiento luterano, decidió permanecer fiel a Roma.


Johannes Eck (1486-1543). Considerado el principal teólogo germano de su tiempo, fue una de las figuras que convirtieron a la universidad de Ingolstadt en el principal bastión intelectual de la Contrarreforma en Alemania. Ansioso por corregir los defectos de la Iglesia contemporánea, no vaciló en dirigirse al Papa denunciando “a aquellos predicadores de indulgencias que pagan a sus prostitutas con certificados de indulgencia”, y muchas de sus recomendaciones (mejora en la formación de los sacerdotes y eliminación de prebendas y de la venta de indulgencias) serían posteriormente adoptadas por el Concilio de Trento. De vastos conocimientos y memoria prodigiosa, Eck era un formidable polemista, lo cual le valió ser temido y odiado por Lutero y sus seguidores.


En junio de 1520 tuvo lugar un punto de inflexión: León X emitió la bula Exsurge Domine, por la cual intimaba a Lutero a retractarse de 41 de sus tesis en el plazo de dos meses bajo pena de excomunión. La respuesta de Lutero consistió en el escrito Von der Freyheith eines Christenmenschen (“De la libertad de un cristiano“), en el cual proclamaba la justificación por la fe (es decir, con absoluta prescindencia de las obras). No contento con ello, el 10 de diciembre del mismo año Lutero procedió a quemar públicamente en Wittenberg su ejemplar de la bula papal así como otros libros canónicos, cortando así definitivamente sus vínculos con Roma. La respuesta del Papa no se hizo esperar: en su bula Decet Romanum Pontificem del 3 de enero de 1521 León X excomulgó a Lutero y lo declaró oficialmente hereje.

A pesar de dicha escalación, Lutero obtuvo gracias a la intervención del príncipe elector Federico de Sajonia una nueva oportunidad de defender sus ideas en la dieta imperial de Worms, siéndole concedido un salvoconducto por parte del Emperador. El 17 y 18 de abril de 1521 Lutero se presentó ante los asistentes de la dieta y se negó nuevamente a retractarse, por lo que el 8 de mayo Carlos V emitió el llamado “Edicto de Worms”: el mismo decretaba proscrito a Lutero y prohibía la lectura y difusión de sus obras. Sin embargo, el Reformador no sufriría pena alguna, ya que durante su viaje de regreso a Wittenberg protagonizaría un simulacro de secuestro urdido por el elector de Sajonia: durante los diez meses siguientes Lutero sería alojado por su seguridad en el Wartburg, fortaleza de Eisenach, período que aprovechó para realizar una traducción alemana de la Biblia. Tras su retorno a Wittenberg en marzo de 1522 Lutero pasaría allí prácticamente el resto de su vida, abandonando oficialmente su condición monacal en octubre de 1524 y contrayendo en junio del año siguiente matrimonio con Katharina von Bora, una ex-monja huída del convento cisterciense de Nimbschen.


Philipp Melanchthon (1497-1560). Su verdadero apellido era Schwartzerdt, que reemplazó (siguiendo la moda de los humanistas contemporáneos) por la versión griega ideada por su protector Johannes Reuchlin. Su formación intelectual era notable y si bien física y personalmente no podía ser más distinto de Lutero (la estatura de Melanchton no sobrepasaba el metro y medio y su carácter era introvertido y sensible), ambos hombres forjaron una sólida amistad que se prolongó la muerte de Lutero, sucediéndole Melanchton como caudillo de la Reforma en Alemania.

A partir de mayo de 1524 una serie de violentas rebeliones populares sacudieron Alemania: las llamadas “Guerras Campesinas”, que habían sido precedidas en las tres décadas anteriores por varios alzamientos denominados Bundschuh (“zapato de cordones”). Entre sus principales causas se contaron la explosión demográfica del campesinado, la asfixiante presión tributaria, la discriminación de la cual eran víctimas los labradores y, en no pequeña medida, la Reforma. Efectivamente, muchos de los insurgentes interpretaron la prédica de Lutero (especialmente su opúsculo Von der Freyheith eines Christenmenschen) como una justificación de sus reclamos y la crítica de la Iglesia contemporánea devino en detonante de una violenta ola de anticlericalismo: ello se vio reflejado en el saqueo de numerosos monasterios, generalmente acompañado de vandalismo iconoclasta. Así, no le faltaba cierta razón a Johannes Eck al calificar la insurrección como fructus germinis Lutheri (“fruto de la semilla de Lutero”).

Las Guerras Campesinas de 1524-1526 tuvieron como principal escenario Franconia y Suabia, pero también partes de Alsacia, Turingia, Sajonia, Suiza y Tirol. Si bien los sublevados sumaban decenas de miles, su organización y equipamiento dejaban mucho que desear: previsiblemente, los ejércitos campesinos fueron derrotados en forma sucesiva por las tropas de la Liga de Suabia (cuyo principal comandante era el implacable Georg Truchsess von Waldburg-Zeil) y otras entidades políticas.

Al principio Lutero había adoptado una actitud benevolente frente a los insurrectos, pero tras la masacre de Weinsberg (el asalto de la ciudad homónima y el asesinato del conde Ludwig von Helfenstein y su comitiva el Domingo de Pascua de 1525) tomó partido por la autoridad: en su libelo Wider die mörderischen und räuberischen Rotten der Bauern (“Contra las asesinas y rapaces bandas de los campesinos”) el padre de la Reforma no vaciló en proclamar que “uno debe debe destrozarlos, estrangularlos, acuchillarlos, en secreto y en público… así como uno debe matar a palos a un perro rabioso”. Su discípulo Melanchthon no se quedó atrás y declaró: “Para tal pueblo impertinente, petulante y sanguinario, Dios ha dictaminado la espada”.


Un grupo de amenazantes campesinos rodea a un caballero: puede distinguirse la bandera del Bundschuh (“zapato de cordones”), tradicional distintivo de los labriegos rebeldes del sudoeste de Alemania a partir de la segunda mitad del siglo XV. El citado calzado era típico de los labradores y por ello fue elegido como distintivo frente a las botas, propias de la nobleza: un símbolo similar a los pantalones largos que caracterizarían a los sans-culottes de la Revolución francesa.


El desenlace de las Guerras Campesinas marcó asimismo el final del luteranismo como movimiento popular: en efecto, el acatamiento a la autoridad adoptado por sus líderes convirtió a la doctrina evangélica en culto oficial de un nuevo establishment integrado por ciudades y potentados atraídos tanto por las ideas de Lutero como por la perspectiva de lucrar mediante la confiscación de propiedades eclesiásticas (muchos monasterios habían quedado prácticamente desiertos a raíz de las recientes crisis, lo cual favoreció tal expropiación), a lo cual se sumaría la manipulación del nuevo credo como un arma ideológica contra la autoridad del Papa y del Emperador.

Durante las dietas imperiales de 1529 (Espira) y 1530 (Augsburgo) Carlos V instó a los miembros del Imperio a cumplir con lo decretado por el Edicto de Worms, pero de hecho el Emperador carecía del poder necesario para forzar a los potentados pro-luteranos a modificar su actitud. De hecho, las citadas dietas constituyeron triunfos del bando disidente: el 19 de abril de 1529 seis príncipes y catorce ciudades libres expresaron su rechazo a la proscripción impuesta a Lutero en la llamada “Protesta de Espira” (lo cual daría origen al término “protestante”); el 25 de junio de 1530 el príncipe elector Juan de Sajonia presentó la Confessio Augustana o Confesión de Augsburgo, redactada por Melanchthon y que constituyó la primera síntesis de los artículos de fe evangélicos.

Mario Díaz Gavier

 

(Reproducido de Mühlberg 1547: el apogeo de Carlos V por gentileza de Almena Ediciones, Madrid).

lunes, 30 de noviembre de 2015

LOS CORSARIOS DE FLANDES


El 20 de abril de 1621 el flamante rey Felipe IV anunció oficialmente que la tregua de doce años que rigiera entre España y las Provincias Unidas no sería renovada. Así, dichas naciones se hallaban nuevamente en guerra, no tanto por expresa voluntad sino por la resistencia de ambos adversarios a prolongar un cese de fuego que, si bien había posibilitado la recuperación económica de los Países Bajos católicos, era sumamente impopular en España: por un lado debido a la continuación del bloqueo holandés del Escalda -enormemente perjudicial para Amberes- y por otra parte culpa de las repetidas agresiones neerlandesas contra las colonias ibéricas de ultramar (la tregua regía sólo en Europa). 
Este segundo round de lo que en Holanda es conocido como “la Guerra de los Ochenta Años” presenciaría un creciente protagonismo del teatro de operaciones naval. El 24 de diciembre de 1621 Felipe IV emitió un decreto por el cual se fomentaba la guerra de corso, y ello prácticamente coincidió con el descubrimiento frente a Dunkerque de un canal que corría pegado a la costa y lo suficientemente profundo como para permitir a toda nave - excepto los galeones de mayor desplazamiento- ingresar al puerto sin riesgo de encallar en los bancos de arena que pululaban en dichas aguas. El gobierno de Bruselas no tardó en proteger dicho acceso construyendo un fuerte en Mardijk, unos cuatro kilómetros al oeste del puerto, y con el tiempo Dunkerque -secundado por Ostende y Nieuwpoort- se convertiría en el flagelo de los enemigos de España, ganándose el elocuente apodo de “Argel del Norte”.

Las unidades que operaban en Flandes se dividían en dos grupos: los coningsschepen o barcos del rey y los armadores o corsarios propiamente dichos, es decir particulares provistos de una patente de corso expedida por la corona hispana que los habilitaba a atacar el tráfico naval enemigo. La primera víctima del corso flamenco fue una embarcación de Vlissingen capturada en ruta a La Rochelle por dos coningsschepen de Ostende en enero de 1622: el botín consistió en un cargamento de lino, arenque y 2.000 quesos. Al mes siguiente tuvo lugar el primer ataque contra los buizen (barcos pesqueros de dos mástiles) de la flota arenquera holandesa, que pronto devendrían en uno de los blancos preferidos de los corsarios. 
La marina de las Provincias Unidas reaccionó ante esta nueva amenaza estableciendo un bloqueo de la costa flamenca, y el 2 de octubre de 1622 tres barcos reales que habían zarpado de Ostende en procura del convoy holandés del Báltico fueron interceptados por nueve buques enemigos. Dos de las naves consideraron prudente escapar, pero el buque comandado por Jan Jacobsen enfrentó heroicamente durante trece horas a la escuadra enemiga: tras echar a pique a dos de sus adversarios, Jacobsen voló por los aires junto con su nave para evitar su captura. Una veintena de sobrevivientes fueron recogidos del agua sólo para ser posteriormente ahorcados bajo el cargo de piratería (tal crimen de guerra era común entre los holandeses, que solían asimismo arrojar a los prisioneros al mar en un obsceno “lavapiés”). El sacrificio de Jacobsen no fue en vano: perseguidos por la flotilla enemiga, los dos corsarios restantes lograron refugiarse en los puertos escoceses de Leith y Aberdeen respectivamente. Allí fueron abastecidos de víveres y munición por el comerciante local William Laing (aparentemente un criptocatólico) y tras algunas semanas de descanso pudieron burlar el bloqueo, arribando a Flandes a principios de 1623. Iracundos, los holandeses pusieron en su lista negra a Laing, que perdió así su clientela y se vio obligado a solicitar la ayuda española, la cual fue prestamente concedida para que cundiese el ejemplo. 
Uno de los principales problemas de los corsarios era la escasez de armamento, aunque ello fue en parte solucionado a mediados de 1623 cuando tres barcos reales condujeron a Dunkerque al mercante inglés Violetta, cuyo cargamento consistía en nada menos que 52 cañones de hierro con su correspondiente munición. A fines de ese año Madrid decidió aumentar el presupuesto de la armada de Flandes de 20.000 a 70.000 ducados mensuales: los resultados no se hicieron esperar. En enero de 1624 cuatro coningsschepen de Ostende fueron interceptados por nueve buques de guerra holandeses, pero los flamencos lograron abrirse paso tras dañar seriamente a dos de sus adversarios en el curso del combate. Numerosas embarcaciones enemigas fueron capturadas en los meses siguientes, incluyendo un yate abordado en el estuario del Támesis que transportaba 5.000 libras en efectivo. Finalmente, el 15 de junio de ese año tuvo lugar un incidente cuyas consecuencias se hicieron sentir en los medios diplomáticos. Cinco galeones procedentes de Dunkerque (un sexto había encallado previamente) que intentaban alcanzar San Sebastián para embarcar allí un regimiento valón destinado a Flandes debieron enfrentar a las veintitrés unidades de la flota bloqueadora holandesa: en el curso de un feroz combate nocturno cada bando perdió una nave antes de que los hispanos lograran refugiarse a fuerza de remos en la rada conocida como The Downs, frente a la costa de Kent. Intimado a rendirse, el general portugués Diego Luis de Oliveira replicó galanamente que “los navíos eran del rey y su persona de Dios y que, así, no podía entregar lo que no era suyo”; después de un mes de arduas tratativas diplomáticas entre España e Inglaterra los galeones arriesgaron una salida, logrando tres de ellos alcanzar la protección de los cañones del fuerte de Mardijk. El cuarto buque fue alcanzado por la almiranta de Zelanda, pero mientras se producía el abordaje una terrible explosión -probablemente deliberada- destruyó a la nave española, que se hundió arrastrando consigo a su captor.

En esta tinta sobre tabla circa 1700 vemos una flota arenquera holandesa en plena faena y escoltada por un navío de línea (sucesor del galeón): nótese que los buizen han abatido totalmente su palo mayor -y en algunos casos también parcialmente el de mesana- para facilitar el trabajo con las redes. Una vez capturado, el arenque era eviscerado y curado con sal, siendo frecuentemente transbordado a barcos especiales y finalmente ahumado en las factorías del Zuiderzee. Tal industria aseguraba pingües ganancias en una época en que el rendimiento de la agricultura era exiguo, y constituía uno de los pilares de la economía de las Provincias Unidas: mal puede sorprender entonces que sólo entre 1624 y 1628 la Armada de Flandes realizara quince incursiones contra la flota pesquera enemiga.

Al año siguiente Gran Bretaña se alió a las Provincias Unidas y las marinas de ambas naciones estrecharon el bloqueo de los puertos flamencos mientras preparaban una expedición conjunta contra Cádiz. Sin embargo, el 23 de octubre de 1625 una terrorífica tempestad asoló durante más de 24 horas el Mar del Norte e hizo naufragar a una treintena de navíos que cercaban Dunkerque. La oportunidad era demasiado buena como para desperdiciarla: el día 25 dos escuadrones abandonaron el fondeadero. El primero de ellos, integrado por cinco naves reales y siete particulares, sorprendió en la cercanías de las Islas Shetland al grueso de la flota arenquera neerlandesa, compuesta por unos doscientos buizen escoltados por seis buques de guerra. Tras un breve combate en cuyo transcurso los flamencos hundieron uno de los escoltas y abordaron otro, los restantes emprendieron la huída dejando a las embarcaciones pesqueras libradas a su suerte: las de mayor porte fueron capturadas y de las restantes alrededor de cuarenta fueron expeditivamente echadas a pique. Por su parte, el segundo escuadrón de Dunkerque se dedicó a capturar los buizen dispersos y varios barcos mercantes que intentaban desesperadamente alcanzar los puertos holandeses. Así, en el espacio de dos semanas las Provincias Unidas perdieron cerca de 150 naves, incluyendo 84 pesqueros y una veintena de buques de guerra. Además, fueron hechos unos 1.400 prisioneros, entre ellos varios oficiales que devinieron en rehenes: el temor a represalias llevó a los holandeses a cesar abruptamente con la criminal práctica del “lavapiés”.
La situación no era mejor en Gran Bretaña, donde las voces que aclamaran con entusiasmo la declaración de guerra a España habían enmudecido ya a principios de 1626. Al humillante desastre sufrido en Cádiz se sumaron los estragos perpetrados por los corsarios flamencos que, operando de a dos o tres, prácticamente dominaban toda la costa entre Edinburgh y Falmouth. La Royal Navy se reveló incapaz de contrarrestar eficazmente tal amenaza, y se estima que en el período 1625-1630 alrededor de 300 barcos -es decir el 20% de la flota mercante británica- fueron capturados. La pesca y el tráfico costero fueron dramáticamente afectados, el comercio de carbón de Newcastle quedó al borde de la ruina y en un determinado momento el puerto fluvial de Norwich se halló congestionado por 58 mercantes que no se atrevían a salir a mar abierto. La economía inglesa, ya jaqueada por la presión fiscal destinada a sostener guerras simultáneas con España y Francia, sufrió una fuerte recesión, y el desempleo y el descontento social se hicieron sentir en puertos como Bristol y Yarmouth: factores todos estos que influirían en la decisión de Carlos I de hacer las paces con España en 1630.
Tal devastación fue en gran medida posible gracias a un arma revolucionaria: la fragata flamenca. Este híbrido con velamen y remos desplazaba originariamente unas 200 toneladas -posteriormente la llamada “fragata doble” alcanzaría las 300 toneladas- y se caracterizaba por su cubierta corrida (sin los voluminosos castillos de proa y popa propios de los galeones), elevada relación entre eslora y manga, escaso calado y respetable artillería. Específicamente diseñada para dar caza a los panzones fluitschepen (filibotes) de gran capacidad de carga y ligero armamento que constituían la espina dorsal del comercio de las Provincias Unidas, la fragata era, en las palabras del historiador R. A. Stradling, “una formidable creatura, perfectamente adaptada a su tarea y a su medio”. La pericia de sus artilleros era proverbial, su baja silueta dificultaba su detección en las brumosas aguas del noroeste europeo y su eficiencia hidrodinámica y su dotación de remeros le permitían maniobrar más ágilmente que sus adversarios y operar además en aguas poco profundas, vedadas a naves de mayor calado. Otro tipo de nave empleado por la Armada de Flandes era el llamado galeoncete, un galeón de menores dimensiones que sus hermanos oceánicos -su desplazamiento oscilaba generalmente entre 400 y 600 toneladas- y destinado a servir en el Mar del Norte.
Un documento del tribunal del almirantazgo de Dunkerque (cuyo interminable título original hace forzoso abreviarlo a Sumaria relacion de la cantidad de presas que se hizieron en corso) testimonia elocuentemente la mortífera eficacia de los corsarios reales y particulares: entre 1627 y 1634 los primeros capturaron 269 naves enemigas y hundieron otras 217, mientras que en el mismo período los segundos se apoderaron de 1.230 embarcaciones y destruyeron 119. La llamativa diferencia entre dichas cifras se explica por el mayor número de armadores -cuya principal motivación era obviamente el botín- y el hecho de que la función de los coningsschepen no sólo era atacar la pesca y el comercio enemigos sino también escoltar naves propias: asimismo, la magra recompensa concedida por captura a los capitanes reales desalentaba tomarse el trabajo de conducir las presas a puerto, por lo que se prefería echarlas expeditivamente a pique.
Entre las operaciones más destacadas se contó la comandada por Michael Jacobsen, quien con once buques zarpó de Dunkerque a fines de marzo de 1627 con destino a Pasajes (Guipúzcoa). Tras complementar sus tripulaciones con curtidos pescadores vascos (tal como lo solicitara al rey Ambrosio Spinola, capitán general del Ejército de Flandes), Jacobsen levó anclas rumbo a su objetivo: las feraces pesquerías de Groenlandia, asiduamente visitadas por ingleses y holandeses. No resulta difícil imaginar el espanto provocado por la inesperada irrupción del escuadrón flamenco en aquellas remotas aguas: tras destruir medio centenar de pesqueros, Jacobsen circunnavegó las Islas Británicas por el norte y arribó felizmente a Dunkerque, coronando así una épica expedición de seis meses. Similar ruta fue seguida por un convoy zarpado de España a fines de ese verano y protegido por varios coningsschepen: frente a las Shetland dicha escolta avistó una gran flota pesquera neerlandesa, hundiendo tres de los siete buques de guerra que la custodiaban así como once buizen. 
Ante tal depredación, las Provincias Unidas reforzaron su flota bloqueadora y en junio de 1629 la misma logró interceptar un trío de corsarios de Ostende y capturar dos de ellos tras un encarnizado combate frente a Cabo Gris Nez. Sin embargo, tal victoria no sólo se saldó con la muerte del capitán flamenco Jacob Besage (cuyo cuerpo sería depositado en Ostende por el navío sobreviviente) sino también con la del almirante holandés, alcanzado por un cañonazo en el hombro: se trataba de Piet Hein, el ídolo popular que se hiciera célebre el año anterior gracias a la captura de parte de la Flota de Indias en la acción de Matanzas. (Según algunas fuentes, en un salvaje acto de represalia los prisioneros flamencos fueron ahorcados por orden del lugarteniente de Hein, el futuro almirante Maarten Harpertszoon Tromp).

Lamentablemente no se conservan representaciones fidedignas de la fragata flamenca y de ahí el extraordinario valor de este plano de un barco inglés contemporáneo, ya que muy probablemente se trató de un intento de copiar el tipo de nave que en ese entonces constituía el azote del Canal de la Mancha. A diferencia de la galera mediterránea, limitada a montar su artillería en la proa, la fragata podía combinar en sus bandas cañones y remos gracias a sus dos cubiertas, estando la superior reservada a los primeros y la inferior a los segundos.

Los años siguiente no sólo no presenciaron una disminución en la actividad corsaria sino que, por el contrario, son conocidos como “la década de oro de Dunkerque”. En 1632, por ejemplo, una incursión hundió veintiocho buizen así como sus dos escoltas: no contentos con ello, los marinos flamencos desembarcaron en las Islas Shetland y procedieron a saquear e incendiar varios almacenes construídos por los holandeses para aprovisionar su flota pesquera. La crisis en las Provincias Unidas era tal que muchos armadores, desesperados, adquirían subrepticiamente en Bruselas salvoconductos que los eximieran de las atenciones de los corsarios: asimismo, no eran pocos los marinos holandeses y zelandeses que, desalentados por las magras pagas vigentes en su patria, optaban por la lucrativa industria del corso en Dunkerque y Ostende. Lejos de serles perjudicial, la entrada en guerra de Francia en 1635 sólo amplió el coto de caza de los corsarios, aún cuando el nuevo enemigo distaba de igualar en importancia a la opulenta marina holandesa. Tal como escribió el historiador Cesáreo Fernández Duro: Vino a ser éste [el puerto de Dunkerque] pequeño para contener tantas embarcaciones como a él se llevaban, y sacada la carga y los pertrechos los vasos se abarataron de modo que ni aún para leña se vendían, por lo que los echaban a fondo los aprehensores o los ponían a rescate en la mar a los mismos dueños”. 
Indudablemente, la figura más fascinante de este período fue Jacques Colaert, perteneciente a un antiguo linaje de navegantes y que ya en 1628 se hiciera famoso dando cuenta de unos setenta pesqueros enemigos. En 1635 consumó el notable logro de depositar en Dunkerque 2.000 soldados españoles sin sufrir pérdida alguna, pero el apogeo de su carrera vendría pocos meses después. Al mando de seis fragatas y catorce galeones -la mayor fuerza incursora nunca vista en Flandes- logró burlar el bloqueo holandés y el 17 de agosto se presentó a su vista un espectáculo soñado: la flota pesquera de Enkhuizen, consistente en 140 buizen que navegaban trabajosamente con rumbo norte. En el transcurso de pocas horas la mitad de ellos fue destruída, y al arribar tres días más tarde a las pesquerías los dunkerqueses completaron su faena echando a pique una veintena de pesqueros de la flota del Mosa, que no había sido alertada de la presencia enemiga. Durante su regreso los corsarios fueron atacados el 25 de agosto por un numeroso escuadrón holandés, a quien sin embargo repelieron con éxito, desarbolando a cuatro naves enemigas incluyendo la capitana: tras eludir a una segunda flotilla neerlandesa, Colaert atracó en Dunkerque el 2 de septiembre con su fuerza intacta. El botín adquirido incluía un barco de guerra apresado, cañones, mosquetes, ingentes cantidades de pescado y 778 prisioneros (otros doscientos, viejos, muchachos y heridos, habían sido ya devueltos a Holanda a bordo de una embarcación neutral): en poco más de dos semanas de navegación el escuadrón flamenco había hundido 89 buizen y 5 buques de guerra.
Un mes después Colaert comandó un ataque contra un convoy de la Compañía de las Indias Occidentales, capturando al reputado marino Cornelis Corneliszoon Jol (y al Otter, su capitana de 60 cañones) cuando éste retornaba de una correría por el Caribe. Sin embargo, en enero de 1636 la buena suerte abandonó a Colaert: mientras navegaba con tres de sus barcos rumbo a España fue interceptado en el Golfo de Vizcaya por un escuadrón de Zelanda, siendo hundida su nave después de cinco horas de desigual combate y rescatado de las heladas aguas por el enemigo. De regreso a Dunkerque gracias a un intercambio de prisioneros y tras ser ascendido a almirante, en la primavera de 1637 viajó a España por invitación de Felipe IV, quien le concedió personalmente el hábito de Santiago: por una amarga ironía del destino, este sobreviviente de numerosas batallas fallecería por causas naturales poco después de haber reembarcado en su galeón Nuestra Señora de Stella Maris, fondeado en La Coruña. 
A pesar de la sensible pérdida que representó la muerte de Colaert, el año 1637 estaría marcado por resonantes victorias. En febrero una flotilla de seis navíos y dos fragatas bajo el mando del navarro Miguel de Horna atacó frente a Punta Lizard (Cornualles) un convoy integrado por 44 mercantes y 6 barcos de guerra, y tras una salvaje mêlée capturó catorce de los primeros y tres de los segundos; en julio Horna sorprendió a dos convoyes holandeses destinados a Burdeos, haciéndose de una docena de presas y un valioso botín que incluía 125 caballos; al mes siguiente el castellano Salvador Rodríguez realizó un raid contra las pesquerías de las Shetland que culminó con la destrucción de 35 buizen; y a fines de año Juan Clarós de Guzmán, marqués de Fuentes y almirante en jefe de la Armada de Flandes (quien en el verano de 1636 adquiriera notoriedad transportando 4.500 soldados a Mardijk), zarpó con rumbo norte al mando de una expedición de tres meses de duración que se saldaría con 52 víctimas. Por último, el 27 de diciembre Don Lope de Hoces logró un clamoroso éxito al efectuar con una flota de 38 barcos (12 de ellos de Dunkerque) la travesía España-Flandes en apenas cinco días y desembarcar sanos y salvos 4.000 infantes y 1,8 millón de ducados ante la nula reacción de los holandeses, cuyo bloqueo perdía en invierno gran parte de su efectividad debido a los rigores climáticos y a las noches largas (no en vano los corsarios obtenían el 40% o más de sus presas en dicha estación). Dicho logro fue coronado en marzo y abril de 1638 durante el regreso -prolongado por vientos desfavorables- con la captura de 38 barcos, que excedían en número y tonelaje a la escuadra de Hoces. 

Sin embargo, poco después de alcanzar tal apogeo la marina española sufriría una serie de golpes terribles. Durante la invasión de Guipúzcoa en junio de ese año los franceses capturaron en Pasajes ocho galeones en construcción, en agosto una docena de buques comandada por Hoces fue aniquilada en Guetaria por la escuadra del arzobispo de Burdeos y al año siguiente la flota bajo el mando de Don Antonio de Oquendo sufrió una aplastante derrota a manos de los holandeses en la batalla de The Downs (tradicional y absurdamente traducida como “de las Dunas”, cuando lo correcto es “de los Bajíos”). A ello se sumaría en 1640 la catástrofe de la doble sublevación en Cataluña y Portugal: el estado lamentable en que se hallaba la Armada del Mar Océano y la merecida reputación de los navíos flamencos -que habían logrado trasladar a Dunkerque 5.000 soldados de la flota de Oquendo antes de su destrucción- motivarían que estos últimos fueran convocados con urgencia desde la metrópoli, sirviendo con distinción en el Mediterráneo y el Atlántico. Así, por ejemplo, el 11 y 12 de septiembre de 1641 cinco fragatas de Dunkerque bajo el mando del almirante Joos Pieterseen atacaron y pusieron en fuga a una escuadra franco-portuguesa de 46 barcos que acechaba el inminente arribo de la Flota de Indias, la cual pudo así llegar a destino sin inconveniente.
Con la mayoría de los coningsschepen destacados en el sur y el bloqueo holandés sumamente fortalecido, el corso en Flandes perdió mucho de su eficacia: sin embargo, incluso en condiciones tan desfavorables los dunkerqueses lograron capturar o hundir en el trienio 1642-1644 un total de 354 naves enemigas. Ya en 1641 se contaron entre sus presas el Delft (un mercante de la Compañía de las Indias Orientales ricamente cargado), un convoy de ocho fluitschepen que transportaban sal desde La Rochelle hacia Königsberg y otras trece naves similares que hacían lo propio entre Portugal y Amsterdam. Uno de los triunfos más resonantes tuvo lugar en noviembre de 1642 cuando cinco coningsschepen interceptaron el convoy de Moscovia procedente de Arcángel, consistente en dos buques de guerra escoltando dieciocho mercantes o Moskouvaarders: uno de los primeros y ocho de los segundos fueron capturados, y la pérdida de tal suntuoso cargamento supuso un duro golpe para la comunidad mercantil de Amsterdam. En septiembre de 1643 una docena de corsarios bajo el mando del almirante Boudewijn Smeecart logró burlar el bloqueo para seguidamente asolar la costa noruega y el Mar del Norte y hacerse de 28 presas; finalmente, en noviembre de 1644 once particulares atacaron un convoy procedente de Rouen y al precio de una nave de Ostende capturaron un buque de guerra de 32 cañones y siete Rouenvaarders.
Una curiosidad de esta etapa fue la aparición en los puertos flamencos -consecuencia de la Guerra Civil Inglesa- de privateers o particulares al servicio del bando realista, a quienes se permitía buscar cobijo e incluso reclutar tripulantes: de hecho, corsarios irlandeses de Wexford, Waterford y Kinsale conducían regularmente sus presas a Dunkerque. Los considerables daños provocados motivarían una protesta ante el embajador español en Londres y no cesarían ni siquiera con la ejecución de Carlos I en 1649, pues el exiliado príncipe de Gales continuaría expidiendo patentes de corso (figurando entre los interesados no pocos flamencos): como la totalidad de las Islas Británicas se hallaba en poder del Parlamento y por ello técnicamente en rebelión contra el rey, toda nave de dicha nacionalidad era considerada buena presa...
Mientras tanto, holandeses y franceses se aprestaban a terminar con aquella némesis de su economía. En 1644 conquistaron el puerto de Gravelinas -que durante los años anteriores fuera acondicionado y fortificado con tanto gasto y esfuerzo- y el 10 de julio de 1645 le siguió Mardijk, batido por mar por la flota de Tromp y por tierra por el ejército de Condé. En diciembre un audaz golpe de mano español logró recuperar el fuerte, atiborrado de suministros y munición, y recién a mediados de agosto del año siguiente Condé pudo apoderarse nuevamente del mismo, con lo cual el destino de Dunkerque quedó sellado: el 11 de septiembre de 1646 “l' Alger du Septentrion” cayó en manos de sus enemigos.

Dunkerque en un mapa de 1664: nótese la abundancia de bancos de arena, invisible y letal enemigo de los navegantes. La fama del puerto como nido de corsarios continuaría bajo la dominación francesa y tendría su más popular exponente en Jean Bart (en realidad Jan Baert), nacido “oportunamente” en 1650 y quien haría sus primeras armas junto al célebre almirante holandés De Ruyter.

Si bien gravísima, esta pérdida no implicó el final de los corsarios, que continuaron operando desde Ostende. España logró recuperarse y en 1648 dos hechos aliviaron notablemente su situación: por un lado la paz con las Provincias Unidas y por otra parte la Fronda, serie de convulsiones internas que afectaron a Francia durante los años siguientes (fase en la cual, por ejemplo, el príncipe de Condé se pasó a las filas hispanas). El gobernador de los Países Bajos Españoles, archiduque Leopoldo Guillermo de Austria, no dejó pasar dicha ocasión: Gravelinas fue reconquistada en mayo de 1652 y Dunkerque en septiembre de ese año, prácticamente coincidiendo con la toma de Barcelona. 
En 1655, y sin mediar provocación o declaración de guerra alguna, una flota inglesa atacó La Española en un intento del dictador Oliver Cromwell de materializar su Western Design o “Designio Occidental”: la conquista de los dominios hispanos en el Caribe. En Europa la guerra se limitó principalmente al teatro de operaciones naval (la toma de Jamaica fue prontamente respondida con la confiscación de todo barco, cargamento y tripulante británico sito en puertos de la corona hispana), y mientras la Royal Navy destruyó en la batalla de Cádiz (1656) y Santa Cruz de Tenerife (1657) sendas Flotas de Indias (en la segunda el tesoro transportado pudo ser oportunamente desembarcado), el corso de Flandes logró revivir los “días felices” de antaño, infligiendo enormes pérdidas al comercio enemigo.
Los pesqueros franceses, que hasta entonces constituían la dieta habitual de los corsarios, eran ahora desdeñosamente ignorados. Se estima que sólo en 1656 alrededor de 170 naves británicas fueron apresadas, incluyendo una flota entera de 24 barcos carboneros escoceses. Una carta presentada en febrero de ese año al Almirantazgo clamaba: “Los dunkerqueses y ostendeses circulan cerca de la costa y capturan diariamente barcos y son muy insultantes. Algunos de ellos dijeron a nuestros hombres que le contaran al Protector [Cromwell] que, mientras él saca oro de las Indias Occidentales, ellos le sacan su carbón de Newcastle”. Al mes siguiente se reportaba la presencia de nueve “piratas” operando entre Portland y Dungeness, “los cuales constantemente se hallan cerca de la costa en dos o tres brazas de agua: y si ven alguna nave que consideran de guerra, se hacen pasar por pescadores”. Los corsarios volvían a infestar el litoral oriental de Inglaterra y, a pesar de haber transcurrido tres décadas, la marina británica se mostraba tan impotente ante esta plaga como en 1625. 
En mayo de 1656 una flota trasportó a salvo 500.000 escudos de España a Dunkerque y poco después el capitán Charles Reynard, al comando de cinco fragatas reales, atacó un convoy inglés procedente de Londres: tras poner en fuga a los dos escoltas, capturó intactos diez mercantes con un desplazamiento total de 1.000 toneladas y un rico cargamento, en lo que sería la última gran victoria de la Armada de Flandes. Al mes siguiente la marina de Cromwell obtuvo una pírrica revancha cuando cinco de sus buques interceptaron cuatro corsarios, de los cuales tres lograron escapar. La nave más grande y lenta, la Maria de Ostende, fue rodeada por dos barcos británicos, pero su capitán, Erasmus Brewer, opuso con sus 27 cañones y 200 hombres una encarnizada resistencia. Tal como el capitán Whiterhorne reportaría al Almirantazgo: “Se defendió resueltamente. La lucha fue sostenida por el Advice y el President desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde… Resulta asombroso que un enemigo tan insignificante pudiera oponerse tan largo tiempo a dos fragatas tan considerables. Les aseguro que se trata de un adversario resuelto y temerario, y su ventaja radica en ser ensebados a menudo y estar plenamente tripulados”. Recién el retorno de los restantes buques ingleses tras sus infructuosas persecuciones puso fin a la batalla: rodeado por cinco enemigos, la Maria fue cañoneada en forma inmisericorde hasta ser obligada a rendirse, y posteriormente la nave debió ser hundida por sus captores al ser imposible su reparación.
Sería justamente la temible eficacia de los corsarios flamencos lo que forzaría a Cromwell a dejar de lado su fanático puritanismo y forjar en febrero de 1657 una pragmática alianza con el cardenal Mazarino, regente de Francia: el tratado correspondiente estipulaba que Inglaterra reforzaría al vizconde de Turenne con 6.000 soldados y bloquearía Dunkerque con su flota. Sólo la indomable resistencia del Ejército de Flandes logró diferir un año lo inevitable: finalmente, el 14 de junio de 1658 las tropas comandadas por Don Juan José de Austria -hijo natural de Felipe IV- y Condé, carentes de artillería y en inferioridad numérica, fueron derrotadas por Turenne en las dunas situadas al noreste de Dunkerque cuando intentaban levantar el sitio de la plaza. Diez días después ésta caía definitivamente en manos enemigas -ocupada originariamente por los ingleses, sería vendida a los galos en 1662- y el desastre obligaría a España a firmar al año siguiente la desventajosa Paz de los Pirineos, pasando así la hegemonía continental a Francia.
Durante la siguiente década Ostende volvería a asumir el rol de apostadero de los Países Bajos Españoles y durante la llamada “Guerra de Devolución” de 1667-1668 (primera de las campañas de rapiña perpetradas por Luis XIV) varios particulares atacarían el tráfico francés. Sin embargo, la decadencia de la monarquía hispana había llegado a un extremo tal que ya no podían cubrirse los gastos de mantenimiento de las naves surtas en Ostende, por lo que en el verano de 1669 se ordenó a las mismas zarpar definitivamente rumbo a España. La Armada de Flandes había dejado de existir. 

Mario Díaz Gavier


© 2015, Mario Díaz Gavier